lasciatemi con la libertà che si perde sulle labbra di una donna

Aspettare vicino questo mare (nel quale nacquero le idee)
senza nessuna idea. (e così averle tutte)
essere soltanto la brezza nella chioma del pino grande,
l’aroma del fiore d’arancio, la notte delle orchidee
nelle cale dimenticate.
Soltanto rimanere vedendo l’uccello che passa
e non ritorna; restare
aspettando che il cielo giallo
arda e si pulica con i lampi
che arriveranno saltando da un’isola a un’altra.
o contemplare la nube bianca
che, non essendo nulla, sembra essere felice.
restare ondeggiando e trascorrendo di qui per lì,
sulle onde che passano
come un remo perso.
O seguire, come delfini,
la direzione di un tempo sentenziato.
Essere come l’ora della barca nelle notti di gennaio,
che si addormentano tra narcisi e fari.
Lasciatemi, non con la luce della conoscenza
(che nacque e si levò da questo mare),
o con le sue tante luci:
quelle d’oro acceso o quelle di freddo verde.
O con la luce di tutti i blu.
Ma, soprattutto, lasciatemi con la luce bianca,
che è quella che brucia e sconfigge gli uomini feriti,
i giorni tesi, le idee come coltelli.
Essere come olivo o stagno.
Che qualcuno mi tenga nella sua mano come pugno di sale.
O di luce.
Chiudere gli occhi nel silenzio dell’aroma
affinché il cuore – alla fine – possa vedere.
Chiudere gli occhi affinché l’amore cresca in me.
Lasciatemi condividendo il silenzio
e la solitudine dei portici,
l’ospitalità delle porte aperte; lasciatemi
con il plenilunio degli usignoli di giugno,
che custodiscono il tremolio dell’acqua nelle ultime fonti.
lasciatemi con la libertà che si perde
sulle labbra di una donna.
*****
Esperar junto a este mar en el que nacieron las ideas
sin ninguna idea. (Y así tenerlas todas.)
Ser sólo la brisa en la copa del pino grande,
el aroma del azahar, la noche de las orquídeas
en las calas olvidadas.
Sólo permanecer viendo el ave que pasa
y no regresa; quedar
esperando a que el cielo amarillo
arda y se limpie con los relámpagos
que llegarán saltando de una isla a otra isla.
O contemplar la nube blanca
que, no siendo nada, parece ser feliz.
Quedar flotando y transcurriendo de aquí para allá,
sobre las olas que pasan,
como remo perdido.
O seguir, como los delfines,
la dirección de un tiempo sentenciado.
Ser como la hora de las barcas en las noches de enero,
que se adormecen entre narcisos y faros.
Dejadme, no con la luz del conocimiento
(que nació y se alzó de este mar),
sino simplemente con la luz de este mar.
O con su muchas luces:
las de oro encendido y las de frío verdor.
O con la luz de todos los azules.
Pero, sobre todo, dejadme con la luz blanca,
que es la que abrasa y derrota a los hombres heridos,
a los días tensos, a las ideas como cuchillos.
Ser como olivo o estanque.
Que alguien me tenga en su mano
como a puñado de sal.
O de luz.
Cerrar los ojos en el silencio del aroma
para que el corazón –¡al fin!– pueda ver.
Cerrar los ojos para que el amor crezca en mí.
Dejadme compartiendo el silencio
y la soledad de los porches,
la hospitalidad de las puertas abiertas; dejadme
con el plenilunio de los ruiseñores de junio,
que guardan el temblor del agua en las últimas fuentes.
Dejadme con la libertad que se pierde
en los labios de una mujer.
Antonio Colinas
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